5 de mayo de 2012

El regalo

Cuando escuché el pitido de la entrada, anunciando la llegada de un nuevo cliente, una ola de sensaciones sacudió mi cuerpo. Temor, ansias, nervios, deseo...

Y, cómo imaginé, quien subía las escaleras era ella acompañada del anfitrión. Sonrió al verme y caminó a mi encuentro en la mesa más alejada del piso. Me apresuré a ponerme de pie para darle su abrazo de cumpleaños y así nos quedamos, reconociéndonos por proximidad a través del contacto de nuestros cuerpos. Hasta que se acercó el mesero.

¿Puede darnos un momento? le pedí, y se alejó por donde había llegado. Nos separamos a penas unos centímetros pues brazos y manos se negaron a soltarse más de lo necesario.

¡Hola!
¡Hola! Me respondió y sonreímos embobados cada uno por la presencia del otro.

Tomamos asiento.

El traje sastre gris hubiese parecido una elección excesivamente discreta de no ser por lo bien que delineaba su cuerpo y bajo el chaleco, un botón travieso dejaba ver a penas el nacimiento de sus pechos a través de la blusa blanca.

Vas a tener que pedir ligero... Le dije de improviso. Abrió los ojos sorprendida y, reponiéndose, me ofreció Si es por dinero... Reí cínico y le dije No, no es eso. Cómo puedes ver, vengo con las manos vacías pero eso no significa que no haya pensado en tí o en qué podía darte... Pero necesito tiempo.

Llamé al servicio y pedí las cartas. Ordenamos pastel y café y cuando se retiraba el mesero, la miré y le dije Voy a hacerte DOS propuestas, una de ellas, la que elijas, será tu regalo... tragué saliva, nervioso por lo que estaba por decir A unos minutos de este café hay un hotel... Me detuve esperando alguna reacción pero como no la hubo, seguí Donde tú y yo podemos... pero las palabras me traicionaron y no pude decir más. Apenado, busqué su mirada y ella me sonreía ruborizada. Mis dudas desaparecieron.

El pastel llegó y entre bromas y tonteras se fue acabando. Aún daba sorbos a mi taza de chocolate cuando me sorprendió con la pregunta ¿Y cuál es la segunda opción? La miré sin dejar de empinar mi bebida hasta terminarla ¿En serio quieres saber? intentó ocultar la sonrisa y se acercó hasta recargarse en mi hombro ¿Te digo? volví a preguntarle. Y sin despegarse, me contestó muy suavecito Pide la cuenta.